domingo, 17 de marzo de 2019

CELEBRANDO EL NACIMIENTO DE SAN DANIEL COMBONI

El Grupo Interprovincial  (GIP) del continente americano representado por hermanas misioneras combonianas  venidas de: Brasil, Ecuador, Perú, Costa Rica, México, Estados Unidos e Italia, se reunieron los días 12-20 de Marzo en la ciudad de Cuernavaca, Morelos, México, para participar al Taller de Elaboracion Proyectos organizado por la Dirección General de las Hermanas Misioneras Combonianas y facilitado por el señor  Charles Cámara procedente de la Diócesis Católica de Estocolmo, Suecia y la Hermana Orietta Pozzi Misionera Comboniana de Italia.
En este marco de estudio y aprendizaje, llegó el día 15 de marzo fecha en que recordamos el nacimiento de San Daniel Comboni el cual lo celebramos con una Eucaristía presidida por el P. Antonio misionero comboniano y en este marco de fiesta celebramos con grande gozo el 25 aniversario de Votos de nuestra hermana Sandra Amado misionera brasileña que ha trabajado por muchos años en Sudan del Sur. Una Eucaristía que de por si es misionera y vivida con personas procedentes de 4 continentes fue un momento de renovar la pasión misionera de seguir siendo testigos del reino hasta los últimos confines de la tierra.  Que San Daniel Comboni siga intercediendo por toda la familia comboniana para que fieles a la herencia de su carisma vivamos esta urgencia de llevar la alegría del evangelio a todos los pueblos que aún lo esperan.


viernes, 8 de marzo de 2019

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO PARA LA CUARESMA DE 2019

«La creación, expectante, está aguardando  la manifestación de los hijos de Dios» (Rm 8,19)




Queridos hermanos y hermanas:

Cada año, a través de la Madre Iglesia, Dios «concede a sus hijos anhelar, con el gozo de habernos purificado, la solemnidad de la Pascua, para que […] por la celebración de los misterios que nos dieron nueva vida, lleguemos a ser con plenitud hijos de Dios» (Prefacio I de Cuaresma). De este modo podemos caminar, de Pascua en Pascua, hacia el cumplimiento de aquella salvación que ya hemos recibido gracias al misterio pascual de Cristo: «Pues hemos sido salvados en esperanza» (Rm 8,24). Este misterio de salvación, que ya obra en nosotros durante la vida terrena, es un proceso dinámico que incluye también a la historia y a toda la creación. San Pablo llega a decir: «La creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios» (Rm 8,19). Desde esta perspectiva querría sugerir algunos puntos de reflexión, que acompañen nuestro camino de conversión en la próxima Cuaresma.

1. La redención de la creación

La celebración del Triduo Pascual de la pasión, muerte y resurrección de Cristo, culmen del año litúrgico, nos llama una y otra vez a vivir un itinerario de preparación, conscientes de que ser conformes a Cristo (cf. Rm 8,29) es un don inestimable de la misericordia de Dios.

Si el hombre vive como hijo de Dios, si vive como persona redimida, que se deja llevar por el Espíritu Santo (cf. Rm 8,14), y sabe reconocer y poner en práctica la ley de Dios, comenzando por la que está inscrita en su corazón y en la naturaleza, beneficia también a la creación, cooperando en su redención. Por esto, la creación —dice san Pablo— desea ardientemente que se manifiesten los hijos de Dios, es decir, que cuantos gozan de la gracia del misterio pascual de Jesús disfruten plenamente de sus frutos, destinados a alcanzar su maduración completa en la redención del mismo cuerpo humano. Cuando la caridad de Cristo transfigura la vida de los santos —espíritu, alma y cuerpo—, estos alaban a Dios y, con la oración, la contemplación y el arte hacen partícipes de ello también a las criaturas, como demuestra de forma admirable el “Cántico del hermano sol” de san Francisco de Asís (cf. Enc. Laudato si’, 87). Sin embargo, en este mundo la armonía generada por la redención está amenazada, hoy y siempre, por la fuerza negativa del pecado y de la muerte.

2. La fuerza destructiva del pecado

Efectivamente, cuando no vivimos como hijos de Dios, a menudo tenemos comportamientos destructivos hacia el prójimo y las demás criaturas —y también hacia nosotros mismos—, al considerar, más o menos conscientemente, que podemos usarlos como nos plazca. Entonces, domina la intemperancia y eso lleva a un estilo de vida que viola los límites que nuestra condición humana y la naturaleza nos piden respetar, y se siguen los deseos incontrolados que en el libro de la Sabiduría se atribuyen a los impíos, o sea a quienes no tienen a Dios como punto de referencia de sus acciones, ni una esperanza para el futuro (cf. 2,1-11). Si no anhelamos continuamente la Pascua, si no vivimos en el horizonte de la Resurrección, está claro que la lógica del todo y ya, del tener cada vez más acaba por imponerse.

Como sabemos, la causa de todo mal es el pecado, que desde su aparición entre los hombres interrumpió la comunión con Dios, con los demás y con la creación, a la cual estamos vinculados ante todo mediante nuestro cuerpo. El hecho de que se haya roto la comunión con Dios, también ha dañado la relación armoniosa de los seres humanos con el ambiente en el que están llamados a vivir, de manera que el jardín se ha transformado en un desierto (cf. Gn 3,17-18). Se trata del pecado que lleva al hombre a considerarse el dios de la creación, a sentirse su dueño absoluto y a no usarla para el fin deseado por el Creador, sino para su propio interés, en detrimento de las criaturas y de los demás.

Cuando se abandona la ley de Dios, la ley del amor, acaba triunfando la ley del más fuerte sobre el más débil. El pecado que anida en el corazón del hombre (cf. Mc 7,20-23) —y se manifiesta como avidez, afán por un bienestar desmedido, desinterés por el bien de los demás y a menudo también por el propio— lleva a la explotación de la creación, de las personas y del medio ambiente, según la codicia insaciable que considera todo deseo como un derecho y que antes o después acabará por destruir incluso a quien vive bajo su dominio.

3. La fuerza regeneradora del arrepentimiento y del perdón

Por esto, la creación tiene la irrefrenable necesidad de que se manifiesten los hijos de Dios, aquellos que se han convertido en una “nueva creación”: «Si alguno está en Cristo, es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo» (2 Co 5,17). En efecto, manifestándose, también la creación puede “celebrar la Pascua”: abrirse a los cielos nuevos y a la tierra nueva (cf. Ap 21,1). Y el camino hacia la Pascua nos llama precisamente a restaurar nuestro rostro y nuestro corazón de cristianos, mediante el arrepentimiento, la conversión y el perdón, para poder vivir toda la riqueza de la gracia del misterio pascual.

Esta “impaciencia”, esta expectación de la creación encontrará cumplimiento cuando se manifiesten los hijos de Dios, es decir cuando los cristianos y todos los hombres emprendan con decisión el “trabajo” que supone la conversión. Toda la creación está llamada a salir, junto con nosotros, «de la esclavitud de la corrupción para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Rm 8,21). La Cuaresma es signo sacramental de esta conversión, es una llamada a los cristianos a encarnar más intensa y concretamente el misterio pascual en su vida personal, familiar y social, en particular, mediante el ayuno, la oración y la limosna.

Ayunar, o sea aprender a cambiar nuestra actitud con los demás y con las criaturas: de la tentación de “devorarlo” todo, para saciar nuestra avidez, a la capacidad de sufrir por amor, que puede colmar el vacío de nuestro corazón. Orar para saber renunciar a la idolatría y a la autosuficiencia de nuestro yo, y declararnos necesitados del Señor y de su misericordia. Dar limosna para salir de la necedad de vivir y acumularlo todo para nosotros mismos, creyendo que así nos aseguramos un futuro que no nos pertenece. Y volver a encontrar así la alegría del proyecto que Dios ha puesto en la creación y en nuestro corazón, es decir amarle, amar a nuestros hermanos y al mundo entero, y encontrar en este amor la verdadera felicidad.

Queridos hermanos y hermanas, la “Cuaresma” del Hijo de Dios fue un entrar en el desierto de la creación para hacer que volviese a ser aquel jardín de la comunión con Dios que era antes del pecado original (cf. Mc 1,12-13; Is 51,3). Que nuestra Cuaresma suponga recorrer ese mismo camino, para llevar también la esperanza de Cristo a la creación, que «será liberada de la esclavitud de la corrupción para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Rm 8,21). No dejemos transcurrir en vano este tiempo favorable. Pidamos a Dios que nos ayude a emprender un camino de verdadera conversión. Abandonemos el egoísmo, la mirada fija en nosotros mismos, y dirijámonos a la Pascua de Jesús; hagámonos prójimos de nuestros hermanos y hermanas que pasan dificultades, compartiendo con ellos nuestros bienes espirituales y materiales. Así, acogiendo en lo concreto de nuestra vida la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte, atraeremos su fuerza transformadora también sobre la creación.

Vaticano, 4 de octubre de 2018 
Fiesta de san Francisco de Asís

Francisco

martes, 22 de enero de 2019

RUMBO A LA JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD 2019 EN PANAMA


Miles de jóvenes vivieron Pre-Jornada de misiones como preparación a la JMJ Panamá
Redacción ACI Prensa

Misa de Clausura de la Pre-Jornada en la Diócesis de Colón. Crédito: Comunicaciones Arzobispado de Santiago.

Miles de jóvenes reunidos en Panamá y Costa Rica participaron de los “Días en las Diócesis”, que consiste en una semana dedicada a la misión y preparación para el encuentro con el Papa Francisco en la Jornada Mundial de la Juventud 2019.

Una de las diócesis en misión fue Colón, donde se encuentra el principal puerto de importación y exportación de Panamá, y a la que llegaron unos cinco mil peregrinos de todo el mundo.

“Espero que hayan sentido nuestro cariño, que todos ustedes se vayan, no solo hablando de lo que vieron de la ciudad, sino de que pudieron encontrar aquí una familia y que se hayan sentido en casa”, dijo el Obispo de Colón, Mons. Manuel Ochogavía, durante la Misa de Clausura de la Pre-Jornada el 19 de enero.

En su homilía, el Prelado subrayó que “muchos dicen que esto no vale la pena. Que la JMJ es una complicación, pero nosotros creemos en Dios y este es un proyecto de Dios. Por eso, ha mirado a su sierva María y en Ella, nos ha visto a todos nosotros”.

“Somos pobres, estamos necesitados, pero Dios nos ha mirado con amor y esa es nuestra mayor certeza”, sostuvo.

Mons. Ochogavía invitó a los peregrinos a no olvidar la diócesis que los acogió durante esta semana y a creer en la fuerza del amor “que hace que la vida crezca, que pone esperanza en nuestros corazones, que nos hace valientes y que nos hace creer en un mundo mejor”.

Desde la delegación chilena, que suma unos 600 jóvenes, el presidente de la Comisión Nacional de Pastoral Juvenil, Mons. Moisés Atisha, aseguró que la semana de misión “es un gran envío para ponernos a la escucha del Señor y a estar muy atentos al mensaje que el Santo Padre nos va a dar”.

Atentos a “las ilusiones y esperanzas que él tiene puesta, no solo en América Latina, sino que en los jóvenes para retornar a nuestra patria con un corazón más lleno de Dios”, dijo Mons. Atisha.

Esta es la primera vez en la historia de la Jornada Mundial de la Juventud en que se concede a un país vecino (Costa Rica) participar en la organización de la Pre-Jornada.

En Costa Rica los peregrinos fueron acogidos en la Arquidiócesis de San José y en las diócesis de Cartago, Alajuela, San Isidro, Tilarán-Liberia, Limón, Ciudad Quesada y Puntarenas.

SEMANA DE ORACIÓN POR LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS 2019



Actúa siempre con toda justicia
INTRODUCCIÓN AL TEMA PARA EL AÑO 2019
(Deuteronomio 16, 18-20)

Cada año los cristianos de todo el mundo se unen en oración para crecer en la unidad. Hacemos esto en un mundo en el que la corrupción, la codicia y la injusticia crean desigualdad y división. Oramos juntos en un mundo dividido: esto es algo poderoso. Sin embargo, como cristianos y comunidades muchas veces somos cómplices de la injusticia, aunque también estamos llamados a dar un testimonio común a favor de la justicia y ser instrumentos de la gracia sanadora de Cristo para un mundo quebrantado.
La Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos 2019 ha sido preparada por cristianos de Indonesia. Con una población de 265 millones, de la cual el 86 % se considera musulmana, Indonesia es bien conocido como el país con mayor población musulmana del mundo. Sin embargo, un 10 % de los habitantes de Indonesia son cristianos de distintas tradiciones. En términos tanto de población como de su vasta extensión territorial, Indonesia es el país más grande del Sudeste Asiático. Tiene más de 17 000 islas, 1340 grupos étnicos diferentes y más de 740 lenguas locales y, sin embargo, está unido en su pluralidad por una lengua nacional, el indonesio (Bahasa Indonesia). La nación se funda en cinco principios, llamados Pancasila[1], con el lema Bhineka Tunggal Ika (unidad en la diversidad). A través de la diversidad de grupos étnicos, lenguas y religiones, los indonesios han vivido de acuerdo con el principio de gotong royong, que es vivir en solidaridad y colaboración. Esto significa compartir en todos los ámbitos de la vida, el trabajo, el duelo y las fiestas, y considerar a todos los indonesios como hermanos y hermanas.
Esta armonía siempre frágil está amenazada en la actualidad de nuevas maneras. Gran parte del crecimiento económico que Indonesia ha experimentado en las últimas décadas se ha basado en un sistema que tiene en su corazón la competitividad. Esto es directamente contrario al principio de colaboración de gotong royong. La corrupción está presente de muchas formas. Infecta la política y los negocios, frecuentemente con consecuencias devastadoras para el medio ambiente. De un modo especial la corrupción socava la justicia y la aplicación de la ley. Con demasiada frecuencia los que deberían promover la justicia y proteger al débil hacen lo contrario. Como consecuencia de ello, la brecha entre los ricos y los pobres ha aumentado, con lo que en un país que es rico en recursos se ve el escándalo de muchas personas que viven en pobreza. Como dice un dicho tradicional de Indonesia: «un ratón se muere de hambre en un granero lleno de arroz». Mientras tanto, se suele asociar a algunos grupos étnicos y religiosos concretos con la riqueza en modos que alimentan las tensiones. La radicalización que enfrenta a una comunidad contra otra ha crecido y se ve exacerbada por el uso indebido de los medios de comunicación que demonizan a algunas comunidades.
En tal contexto, las comunidades cristianas toman conciencia nuevamente de su unidad al juntarse ante una misma preocupación y para dar una respuesta común a una situación injusta. Al mismo tiempo los cristianos, frente a estas injusticias, estamos obligados a examinar las maneras en las que somos cómplices. Solamente atendiendo la oración de Jesús de que «sean uno» podemos dar testimonio de vivir la unidad en la diversidad. Solo a través de nuestra unidad en Cristo seremos capaces de luchar contra la injusticia y de ponernos al servicio de las necesidades de las víctimas.
Movidos por estas preocupaciones, los cristianos de Indonesia encontraron que las palabras del Deuteronomio «actúa siempre con toda justicia…» (cf. Dt 16, 18-20) hablaban poderosamente a su situación y a sus necesidades. Antes de que el pueblo de Dios entrara en la tierra que Dios le había prometido, renovó su adhesión a la alianza que Dios había hecho con él. El pasaje bíblico se encuentra en un capítulo que tiene como tema central las fiestas que el pueblo de la alianza debía celebrar. Para cada fiesta se instruía al pueblo: «La celebrarás con tus hijos e hijas, tus esclavos y esclavas, con los levitas, inmigrantes, huérfanos y viudas que viven en tus ciudades» (Dt 16, 14; cf. También 16, 11). Los cristianos de Indonesia intentan recuperar este mismo espíritu de fiestas incluyentes entre las distintas comunidades que antes tenían. Puede parecer extraño que al final de este largo capítulo aparezcan dos versículos sobre el nombramiento de jueces, pero en el contexto de Indonesia la relación entre las fiestas incluyentes y la justicia aparece con mucha claridad. Como pueblo de la alianza establecida por Jesús, sabemos que las alegrías del banquete celestial serán dadas a los que tienen hambre y sed y que son perseguidos por la justicia «porque suyo es el reino de los cielos» (Mt 5, 6.10).
La Iglesia de Cristo está llamada a ser un anticipo de este reino. Sin embargo, en nuestra desunión nos quedamos cortos. Fallamos a la hora de ser el signo del amor de Dios para su pueblo. Del mismo modo que la injusticia ha hecho crecer las divisiones que han desgarrado la sociedad de Indonesia, también la injusticia ha alimentado las divisiones en la Iglesia. Nos arrepentimos de la injusticia que causa divisiones, pero como cristianos creemos en el poder de Cristo para perdonarnos y redimir. De este modo, nos encontramos unidos bajo la cruz de Cristo, pidiendo a la vez por su gracia que ponga fin a la injusticia y por su misericordia por nuestros pecados que han sido la causa de nuestra división.
Las reflexiones para el Octavario y para la celebración ecuménica se centran en el tema elegido. Para profundizar en nuestra reflexión sobre la unidad y la justicia, el tema de cada día se ha escogido cuidadosamente para presentar conflictos que son resultado de la injusticia. Los temas son:
Día 1: Que fluya el derecho como agua (Amós 5, 24)
Día 2: Decid simplemente: «sí» o «no» (Mateo 5, 37)
Día 3: El Señor es clemente y compasivo (Salmo 145, 8)
Día 4: Contentaos con lo que tenéis (Hebreos 13, 5)
Día 5: Para llevar a los pobres la buena noticia (Lucas 4, 18)
Día 6: Se llama Señor del universo (Jeremías 10, 16)
Día 7: ¡Grande es tu fe, mujer! (Mateo 15, 28)
Día 8: El Señor es mi luz, mi salvación (Salmo 27, 1)

domingo, 30 de diciembre de 2018

LA BUENA POLITICA ESTÁ AL SERVICIO DE LA PAZ


MENSAJE DEL SANTO PADRE
FRANCISCO
PARA LA CELEBRACIÓN DE LA 
52 JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ

1 DE ENERO DE 2019

 

1. “Paz a esta casa”

Jesús, al enviar a sus discípulos en misión, les dijo: «Cuando entréis en una casa, decid primero: “Paz a esta casa”. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros» (Lc 10,5-6).

Dar la paz está en el centro de la misión de los discípulos de Cristo. Y este ofrecimiento está dirigido a todos los hombres y mujeres que esperan la paz en medio de las tragedias y la violencia de la historia humana[1]. La “casa” mencionada por Jesús es cada familia, cada comunidad, cada país, cada continente, con sus características propias y con su historia; es sobre todo cada persona, sin distinción ni discriminación. También es nuestra “casa común”: el planeta en el que Dios nos ha colocado para vivir y al que estamos llamados a cuidar con interés.

Por tanto, este es también mi deseo al comienzo del nuevo año: “Paz a esta casa”.

2. El desafío de una buena política

La paz es como la esperanza de la que habla el poeta Charles Péguy[2]; es como una flor frágil que trata de florecer entre las piedras de la violencia. Sabemos bien que la búsqueda de poder a cualquier precio lleva al abuso y a la injusticia. La política es un vehículo fundamental para edificar la ciudadanía y la actividad del hombre, pero cuando aquellos que se dedican a ella no la viven como un servicio a la comunidad humana, puede convertirse en un instrumento de opresión, marginación e incluso de destrucción.

Dice Jesús: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos» (Mc 9,35). Como subrayaba el Papa san Pablo VI: «Tomar en serio la política en sus diversos niveles ―local, regional, nacional y mundial― es afirmar el deber de cada persona, de toda persona, de conocer cuál es el contenido y el valor de la opción que se le presenta y según la cual se busca realizar colectivamente el bien de la ciudad, de la nación, de la humanidad»[3].

En efecto, la función y la responsabilidad política constituyen un desafío permanente para todos los que reciben el mandato de servir a su país, de proteger a cuantos viven en él y de trabajar a fin de crear las condiciones para un futuro digno y justo. La política, si se lleva a cabo en el respeto fundamental de la vida, la libertad y la dignidad de las personas, puede convertirse verdaderamente en una forma eminente de la caridad.

3. Caridad y virtudes humanas para una política al servicio de los derechos humanos y de la paz

El Papa Benedicto XVI recordaba que «todo cristiano está llamado a esta caridad, según su vocación y sus posibilidades de incidir en la pólis. […] El compromiso por el bien común, cuando está inspirado por la caridad, tiene una valencia superior al compromiso meramente secular y político. […] La acción del hombre sobre la tierra, cuando está inspirada y sustentada por la caridad, contribuye a la edificación de esa ciudad de Dios universal hacia la cual avanza la historia de la familia humana»[4]. Es un programa con el que pueden estar de acuerdo todos los políticos, de cualquier procedencia cultural o religiosa que deseen trabajar juntos por el bien de la familia humana, practicando aquellas virtudes humanas que son la base de una buena acción política: la justicia, la equidad, el respeto mutuo, la sinceridad, la honestidad, la fidelidad.

A este respecto, merece la pena recordar las “bienaventuranzas del político”, propuestas por el cardenal vietnamita François-Xavier Nguyễn Vãn Thuận, fallecido en el año 2002, y que fue un fiel testigo del Evangelio:

Bienaventurado el político que tiene una alta consideración y una profunda conciencia de su papel.
Bienaventurado el político cuya persona refleja credibilidad.
Bienaventurado el político que trabaja por el bien común y no por su propio interés.
Bienaventurado el político que permanece fielmente coherente.
Bienaventurado el político que realiza la unidad.
Bienaventurado el político que está comprometido en llevar a cabo un cambio radical.
Bienaventurado el político que sabe escuchar.
Bienaventurado el político que no tiene miedo[5].

Cada renovación de las funciones electivas, cada cita electoral, cada etapa de la vida pública es una oportunidad para volver a la fuente y a los puntos de referencia que inspiran la justicia y el derecho. Estamos convencidos de que la buena política está al servicio de la paz; respeta y promueve los derechos humanos fundamentales, que son igualmente deberes recíprocos, de modo que se cree entre las generaciones presentes y futuras un vínculo de confianza y gratitud.

4. Los vicios de la política

En la política, desgraciadamente, junto a las virtudes no faltan los vicios, debidos tanto a la ineptitud personal como a distorsiones en el ambiente y en las instituciones. Es evidente para todos que los vicios de la vida política restan credibilidad a los sistemas en los que ella se ejercita, así como a la autoridad, a las decisiones y a las acciones de las personas que se dedican a ella. Estos vicios, que socavan el ideal de una democracia auténtica, son la vergüenza de la vida pública y ponen en peligro la paz social: la corrupción —en sus múltiples formas de apropiación indebida de bienes públicos o de aprovechamiento de las personas—, la negación del derecho, el incumplimiento de las normas comunitarias, el enriquecimiento ilegal, la justificación del poder mediante la fuerza o con el pretexto arbitrario de la “razón de Estado”, la tendencia a perpetuarse en el poder, la xenofobia y el racismo, el rechazo al cuidado de la Tierra, la explotación ilimitada de los recursos naturales por un beneficio inmediato, el desprecio de los que se han visto obligados a ir al exilio.

5. La buena política promueve la participación de los jóvenes y la confianza en el otro

Cuando el ejercicio del poder político apunta únicamente a proteger los intereses de ciertos individuos privilegiados, el futuro está en peligro y los jóvenes pueden sentirse tentados por la desconfianza, porque se ven condenados a quedar al margen de la sociedad, sin la posibilidad de participar en un proyecto para el futuro. En cambio, cuando la política se traduce, concretamente, en un estímulo de los jóvenes talentos y de las vocaciones que quieren realizarse, la paz se propaga en las conciencias y sobre los rostros. Se llega a una confianza dinámica, que significa “yo confío en ti y creo contigo” en la posibilidad de trabajar juntos por el bien común. La política favorece la paz si se realiza, por lo tanto, reconociendo los carismas y las capacidades de cada persona. «¿Hay acaso algo más bello que una mano tendida? Esta ha sido querida por Dios para dar y recibir. Dios no la ha querido para que mate (cf. Gn 4,1ss) o haga sufrir, sino para que cuide y ayude a vivir. Junto con el corazón y la mente, también la mano puede hacerse un instrumento de diálogo»[6].

Cada uno puede aportar su propia piedra para la construcción de la casa común. La auténtica vida política, fundada en el derecho y en un diálogo leal entre los protagonistas, se renueva con la convicción de que cada mujer, cada hombre y cada generación encierran en sí mismos una promesa que puede liberar nuevas energías relacionales, intelectuales, culturales y espirituales. Una confianza de ese tipo nunca es fácil de realizar porque las relaciones humanas son complejas. En particular, vivimos en estos tiempos en un clima de desconfianza que echa sus raíces en el miedo al otro o al extraño, en la ansiedad de perder beneficios personales y, lamentablemente, se manifiesta también a nivel político, a través de actitudes de clausura o nacionalismos que ponen en cuestión la fraternidad que tanto necesita nuestro mundo globalizado. Hoy más que nunca, nuestras sociedades necesitan “artesanos de la paz” que puedan ser auténticos mensajeros y testigos de Dios Padre que quiere el bien y la felicidad de la familia humana.

6. No a la guerra ni a la estrategia del miedo

Cien años después del fin de la Primera Guerra Mundial, y con el recuerdo de los jóvenes caídos durante aquellos combates y las poblaciones civiles devastadas, conocemos mejor que nunca la terrible enseñanza de las guerras fratricidas, es decir que la paz jamás puede reducirse al simple equilibrio de la fuerza y el miedo. Mantener al otro bajo amenaza significa reducirlo al estado de objeto y negarle la dignidad. Es la razón por la que reafirmamos que el incremento de la intimidación, así como la proliferación incontrolada de las armas son contrarios a la moral y a la búsqueda de una verdadera concordia. El terror ejercido sobre las personas más vulnerables contribuye al exilio de poblaciones enteras en busca de una tierra de paz. No son aceptables los discursos políticos que tienden a culpabilizar a los migrantes de todos los males y a privar a los pobres de la esperanza. En cambio, cabe subrayar que la paz se basa en el respeto de cada persona, independientemente de su historia, en el respeto del derecho y del bien común, de la creación que nos ha sido confiada y de la riqueza moral transmitida por las generaciones pasadas.

Asimismo, nuestro pensamiento se dirige de modo particular a los niños que viven en las zonas de conflicto, y a todos los que se esfuerzan para que sus vidas y sus derechos sean protegidos. En el mundo, uno de cada seis niños sufre a causa de la violencia de la guerra y de sus consecuencias, e incluso es reclutado para convertirse en soldado o rehén de grupos armados. El testimonio de cuantos se comprometen en la defensa de la dignidad y el respeto de los niños es sumamente precioso para el futuro de la humanidad.

7. Un gran proyecto de paz

Celebramos en estos días los setenta años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que fue adoptada después del segundo conflicto mundial. Recordamos a este respecto la observación del Papa san Juan XXIII: «Cuando en un hombre surge la conciencia de los propios derechos, es necesario que aflore también la de las propias obligaciones; de forma que aquel que posee determinados derechos tiene asimismo, como expresión de su dignidad, la obligación de exigirlos, mientras los demás tienen el deber de reconocerlos y respetarlos»[7].

La paz, en efecto, es fruto de un gran proyecto político que se funda en la responsabilidad recíproca y la interdependencia de los seres humanos, pero es también un desafío que exige ser acogido día tras día. La paz es una conversión del corazón y del alma, y es fácil reconocer tres dimensiones inseparables de esta paz interior y comunitaria:

— la paz con nosotros mismos, rechazando la intransigencia, la ira, la impaciencia y ―como aconsejaba san Francisco de Sales― teniendo “un poco de dulzura consigo mismo”, para ofrecer “un poco de dulzura a los demás”;

— la paz con el otro: el familiar, el amigo, el extranjero, el pobre, el que sufre...; atreviéndose al encuentro y escuchando el mensaje que lleva consigo;

— la paz con la creación, redescubriendo la grandeza del don de Dios y la parte de responsabilidad que corresponde a cada uno de nosotros, como habitantes del mundo, ciudadanos y artífices del futuro.

La política de la paz ―que conoce bien y se hace cargo de las fragilidades humanas― puede recurrir siempre al espíritu del Magníficat que María, Madre de Cristo salvador y Reina de la paz, canta en nombre de todos los hombres: «Su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes; […] acordándose de la misericordia como lo había prometido a nuestros padres en favor de Abrahán y su descendencia por siempre» (Lc 1,50-55).

Vaticano, 8 de diciembre de 2018

Francisco

jueves, 27 de diciembre de 2018

COMO ESTRELLAS EN LA TIERRA


"Los guías espirituales brillarán como el resplandor del firmamento; los que educaron al pueblo para que fuera justo brillarán como las estrellas por toda la eternidad (Dan. 12)." 

Me ha llamado la atención estas palabras del libro del profeta Daniel y creo que en los tiempos actuales son muy ciertas. Vivimos en una realidad que a gritos silenciosos o con silencios ensordecedores pide guías espirituales y quien los enseñe a caminar por los caminos de la justicia. 
Al ver a nuestro alrededor pareciera casi “normal” escuchar noticias de dolor, muerte, violencia… y lo peor que nos puede pasar como seres humanos es el acostumbrarnos a ello, el hacernos de cierta manera y casi sin darnos cuenta, insensibles o por protección o por cansancio, pero, como nos invita incansablemente Papa Francisco, ¡“no podemos dejarnos llevar por la globalización de la indiferencia!” que es la grande tentación en situaciones como estas.

Me siento muy afortunada y bendecida por experiencias vividas recientemente, que para mi han sido como un chapuzón de esperanza: como los encuentros que he tenido con jóvenes mexicanos y de otras tierras y sentirlos vibrar y soñar con un mundo mas inclusivo e incluyente, dispuestos a poner sus dones y talentos para que un mundo más  humano y solidario sea  posible. Personas de diversas culturas, lenguas y estilos de vida, planeando juntos una colaboración que rescate los anhelos de humanidad y dignidad. grupos de personas que dedican su tiempo y energía a prepararse para servir mejor a una sociedad que los necesita, aunque no se de cuenta! También el haber participado al Foro Social Mundial de Migrantes, donde pude escuchar tantas iniciativas en bien de los hermanos y hermanas que por diferentes motivos se ven obligados a migrar, dejando atrás no solo sus tierras sino sus sueños y esperanzas, para ir al encuentro de un probable futuro mejor; Todo esto me hace creer  y esperar en la belleza de los seres humanos.

“Como estrellas en la Tierra” es una de las películas más bellas y conmovedoras que he visto en mucho tiempo. Una película que retrata la historia de Ishaan, un niño de 9 años, identificado como disléxico. Llega un profesor de arte sustituto, Ram, que le permite sacar lo mejor de sí y darse cuenta de su mayor talento.

Creo que hoy en dia hay muchos Ishaans que pueden ser vistos como extraños por no ser y hacer como la sociedad les pide, sino que en una sociedad que castiga la solidariedad, ell@s deciden sacar lo mejor de su humanidad e iluminar con ella las situaciones de oscuridad que amenazan con enfriar nuestro mundo. Son ell@s los sueños que atraviesan la noche hasta encontrar el amanecer.
Martin Luther  King Jr dijo alguna vez “Si ayudo aunque solo sea a una persona a tener esperanza, no habré vivido en vano”. Este es el tiempo de renovar esperanzas, de construir sueños y de creer en ellos, trabajando para que se hagan realidad… tod@s estamos llamad@s a ser parte de ese sueño … del Sueño de Dios para la humanidad, que seamos familia! Que seamos herman@s, que seamos humanos!!

Hna. Clara Torres Acevedo