sábado, 27 de agosto de 2016

“DESCUBRIR AL DIOS SIEMPRE NUEVO EN LO DIFERENTE”



Tú me has traído amigos que no me conocían.
Tú me has hecho sitio en casas que me eran extrañas.
Tú me has acercado lo distante
Y me has hermanado con lo desconocido.
Mi corazón se inquieta si tengo que dejar mi albergue acostumbrado. 
Olvido que lo antiguo está en lo nuevo y que en lo nuevo vives también tú…
(R. Tagore)

Esta poesía de Tagore siento que refleja una parte de lo que es mi
vida como Misionera Comboniana, la cual ha sido muy rica en este ir al encuentro de lo “desconocido” que, una vez tornándose conocido, es amado y entra a formar parte de nuestra historia.

Mi nombre es Clara Torres Acevedo y soy la hija número 9 de una bella familia de 12 hijos. Nací en la Ciudad de Delicias, en el estado de Chihuahua al norte de mi país, México.

En mi parroquia trabajé varios años como catequista y era un servicio que me gustaba, también porque éramos un gran grupo de jóvenes catequistas y a veces organizábamos algunas actividades para reunir dinero y ayudar a personas que atravesaban por una situación difícil. Esto era una forma de estar juntos y hacer algo de beneficio social.

Un día fue de vacaciones a mi ciudad una joven que había sido mi catequista cuando yo era niña. Ella era misionera Comboniana y cuando la encontré me contó lo que hacía y que se estaba preparando para ir a las misiones en África. ¡¿África?! ¡Pero si yo pensaba que los misioneros eran cosa del pasado y no del presente! Poco a poco fui conociendo a través de revistas y conversaciones sobre la vida misionera y me llamaba mucho la atención, sobre todo al conocer sobre Daniel Comboni que había combinado la promoción humana y la evangelización en conjunto. Fue así que comencé a recibir material misionero como revistas y libros que me abrieron el panorama a un mundo nuevo y atrayente.

Fui invitada por una hermana Comboniana a participar en un campo-misión, así se le llama a la experiencia de ir a lugares, generalmente lejos y con la comunidad, acelebrar la semana santa. La primera vez que viví esta experiencia para mí fue extraordinaria, fue en una zona indígena al sur de México y aunque era mi pueblo, yo me encontré con una realidad nueva para mí, personas que en su sencillez me enseñaron a darme cuenta que lo que nos hace felices y da sentido a nuestra vida no es aquello que tenemos o sabemos, sino quienes somos y cómo compartimos con los demás nuestra vida.

Fue así que, un año después de terminar mis estudios y habiendo llevado un acompañamiento vocacional, decidí entrar en el postulantado de las hermanas Misioneras Combonianas. No fue una decisión fácil, porque debía separarme de gente amada, de mi familia y amigos, de la posibilidad de tener mi propio hogar y familia… pero había algo o, mejor dicho, Alguien más fuerte que todo esto y que me invitaba a ir más allá de lo ya conocido y amado, a compartir con otras personas un poco de lo mucho que del Señor yo había recibido.

Varios anos después fui destinada al país de Mozambique. Fueron 9 años muy bellos, donde viví y trabajé en una parroquia en la zona rural donde acompañábamos a 70 pequeñas comunidades en un área de aproximadamente 100 km2 entre sabana y playa.

El pueblo Makwa, con el cual viví, me enseñó a ser Misionera Comboniana y a aprender cómo se acoge culturalmente a la gente y se le hace sentar en la misma estera (tapete de paja) a aquellos con quienes tienes la confianza de compartir no solo los alimentos sino también la vida.

En las celebraciones todos pueden compartir lo que Dios habló a su corazón y eso la hace más rica y viva. El pueblo nos llama “hermanas” y es bello porque es esta nuestra vocación, pero muchas veces me sentí “madre” de estas personas, de las muchachitas del internado, de las señoras que venían a compartir sus preocupaciones, de los jóvenes que se acercaban. Pero también muchas veces me sentí “hija”, a la cual era necesario enseñar, ayudar, acompañar… incluso consolar y dar ánimo.

Cuatro años de los ocho que estuve en la misión de Namahaka, estuvimos solamente las hermanas, los misioneros tuvieron que dejar la misión, y esos 4 años que nos quedamos solas fue una riquísima experiencia de trabajo en conjunto con los agentes de pastoral locales, siempre habíamos trabajado juntos, pero en ese tiempo se fortaleció la relación y esta fue una de las experiencias pastorales más bellas que pude vivi

1. Tengo el corazón agradecido a Dios y al pueblo de Namahaka por todo lo que aprendí con ellos, y llevo en mi mochila todas estas experiencias.
Desde Agosto del 2010 me encuentro en este otro maravilloso y atrayente país: ¡Sudáfrica!
Mamelodi es el lugar donde hemos comenzado nuestra primera comunidad como Misioneras Combonianas aquí en Sudáfrica. Actualmente somos 5 hermanas de 3 continentes y 5 países: Kenia, Eritrea, Costa Rica, Italia y México.

Esta realidad es completamente diferente de aquella que viví en Mozambique, aquí vivimos en un “township’” de los que fueron creados en el tiempo de Apartheid para enviar a los habitantes de raza negra, fuera de la ciudad, donde no podían estar después de las 6 de la tarde.
El pueblo sudafricano ha mostrado al mundo su capacidad de salir adelante, de perdonar, de levantarse y caminar juntos a pesar de las diferencias que existen en este país de 11 idiomas oficiales y con un 20 % de población blanca y un 80% de población de raza negra perteneciente a diversos grupos. Han recorrido un gran camino, ¡pero hay aún mucho por caminar para ser esa “Nación del Arcoíris” que Nelson Mandela ha proclamado!

En este nuevo contexto nuestro servicio como hermanas está en el acompañamiento de las comunidades cristianas de la parroquia, que son 8 y de los diferentes grupos que la forman. Esto lo hacemos en colaboración con los sacerdotes que trabajan en esta parroquia de San Daniel Comboni.
Por mi parte, además de esta presencia soy voluntaria en un Centro de acogimiento para mujeres víctimas de Tráfico Humano y también de Violencia doméstica. Además de este servicio estoy trabajando con las parroquias de Mamelodi en la prevención del Tráfico Humano, pues Sudáfrica es pieza clave para el continente africano en esta ‘nueva esclavitud’ del siglo XXI.

Otra grupo que sigo y que surgió casi espontáneamente al visitar las familias fue la de un grupo de mujeres que pertenecen a diversas iglesias (aquí la Iglesia católica es un 7% aprox.) Nos reunimos una vez por mes para rezar juntas y compartir lo que se va viviendo, ayudándonos mutuamente a ir adelante. Esta experiencia es muy sanadora, pues ofrece la posibilidad de tener un espacio confidencial donde ‘descansa el corazón y se recuperan las fuerzas’.

San Romero de América decía que los pobres le enseñaron a leer el Evangelio, y aquí me están ensenando lo mismo la gente de Mamelodi, que nos han acogido con alegría y sencillez en sus casas y en sus corazones y este es el regalo más bello que como misionera puedo vivir, como decía Comboni, que ‘sus penas sean las mías y sus alegrías también’.

¿Que significa para mi ser Misionera Comboniana? Esto exactamente, ser testigo del Dios del Amor que llama a tod@s a vivir y formar la gran familia humana donde lo diferente no es amenaza de la cual defenderse, sino riqueza para ser valorada y como dice la frase de Tagore descubrir al Dios siempre Nuevo en lo diferente, el Dios de la Vida que quiere Vida para tod@s y con nuestras fuerzas y debilidades, colaborar para que este sueño de Dios se haga realidad.
Termino con el comienzo del bellísimo Himno Nacional Sudafricano:

‘Nkosi sikekel’iAfrika..!
Que Dios bendiga África!
¡Que Dios bendiga a todos los pueblos!
Así sea.

 Clara Torres Acevedo

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